Guillermo de Ockham: Nominalismo, Empirismo y la Crisis del Pensamiento Medieval
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Guillermo de Ockham y la Crisis de la Escolástica
La síntesis filosófica de Santo Tomás de Aquino estaba destinada a no perdurar indefinidamente. La crisis de la escolástica, la filosofía que intentaba conciliar razón y fe, estaba contenida en el propio movimiento socioeconómico impulsado por la emergente burguesía. El pensador que conceptualizó esta crisis del pensamiento cristiano fue Guillermo de Ockham.
Voluntarismo y Nominalismo
Curiosamente, Ockham lo hizo tomando como punto de partida una verdad de la fe: la omnipotencia divina. Esto significa que puso el acento en la voluntad más que en la inteligencia como facultades divinas primordiales (a esto se le denomina “voluntarismo”). Según esta visión, Dios hizo el mundo tal como es simplemente por un acto libre de su voluntad, no por una necesidad intrínseca. De esto se deduce que en el mundo no existe un orden racional necesario que la razón humana pueda descubrir por sí misma.
Para Ockham, no existen entidades universales como las Ideas divinas de San Agustín o las esencias de Santo Tomás; solo existen realmente las cosas individuales. Por ello, los universales no existen en la realidad sino solo en la mente; son simplemente “nombres” (nomina) que utilizamos para referirnos a las semejanzas que observamos en las cosas individuales. Esta postura se denomina “nominalismo”.
Empirismo y la Navaja de Ockham
Los seres individuales son conocidos simplemente por la intuición, término con el que Ockham denomina a la percepción, es decir, al conocimiento inmediato de lo individual a través de los sentidos. Este empirismo de Ockham, así como su actitud crítica, serían muy influyentes posteriormente, en particular en filósofos como David Hume.
Otro aspecto muy influyente de su filosofía es lo que se ha llamado “principio de economía” (o “navaja de Ockham”), según el cual no deben multiplicarse las entidades sin necesidad. Es decir, no hay que postular la existencia de entidades que no sean estrictamente necesarias. Para Ockham, esto se traduce en que solo hay que aceptar la existencia de aquello que los sentidos testimonian o que la razón exige por motivos estrictamente lógicos (como ocurre en las matemáticas).
Crítica a la Metafísica Tradicional
Aplicando sus ideas, Ockham:
- Critica la idea de sustancia como sustrato permanente e incognoscible de las cosas.
- Critica que podamos conocer la relación causa-efecto en sí misma, independientemente de la observación de los acontecimientos concretos sucesivos.
- Critica, sobre todo, la idea de causa final, tan fundamental en la filosofía de Aristóteles y la escolástica anterior.
Tampoco podemos conocer con certeza cómo es Dios ni cuál es la constitución última de nuestra alma mediante la razón natural.
Separación entre Fe y Razón
La ética tampoco encuentra un fundamento último en la razón según Ockham. Si algo es bueno, es porque Dios lo quiere; Dios no lo quiere porque sea bueno en sí mismo. En definitiva, se rompe la conexión entre los ámbitos de la fe y la razón. Las verdades de la fe son inaccesibles a la razón, la cual depende fundamentalmente de la intuición sensible (experiencia).
Como consecuencia:
- La teología pierde su carácter científico, pues sus postulados no son racionalmente demostrables.
- La razón queda libre para investigar el mundo por sí misma, sin las ataduras impuestas por la teología.
Esta liberación de la razón respondía precisamente a la necesidad más imperiosa que la burguesía y las nuevas actividades económicas imponían en el proceso de cambio que tuvo lugar al final de la Edad Media. No es casual, por tanto, que un foco de recuperación de la actividad científica (incluyendo las primeras alternativas a las soluciones mecánicas y astronómicas de Aristóteles) surgiera entre los discípulos de Ockham, precisamente en Inglaterra, país donde esta nueva clase social estaba en mayor ascenso.
Pensamiento Político
Desde el punto de vista político, Ockham abogó por establecer una clara separación entre la Iglesia y el Estado. En la disputa entre el Papa y el Emperador, tomó partido por este último, sosteniendo que la Iglesia no debía tener poder temporal.
Además, defendió que las leyes debían ser hechas por el pueblo (o sus representantes), ya que las leyes positivas (las leyes del Estado) no derivan directamente de una ley natural o divina inmutable, sino que son, en esencia, pactos o convenciones humanas. Por tanto, cuantos más individuos participen y consientan en dichos pactos, mayor legitimidad tendrán.