La Libertad en la Filosofía Kantiana: Postulados de la Razón Práctica y Autonomía Moral
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La Libertad como Postulado de la Razón Práctica
Junto a la existencia de Dios y la inmortalidad del alma, la existencia de la libertad constituye uno de los postulados de la razón práctica. Los postulados de la razón práctica son proposiciones que no pueden ser demostradas desde la razón teórica, pero que han de ser admitidas si se quiere entender el factum moral, es decir, el hecho moral o la moralidad humana.
Kant sostiene que de estos postulados (por eso son supuestos) no cabe conocimiento en sentido estricto, pero sí un peculiar modo de asentimiento o creencia que denomina fe racional.
Libertad y Autonomía de la Voluntad
En este contexto, la libertad es entendida por Kant como la capacidad de los seres racionales para determinarse a obrar según leyes de otra índole que las naturales, esto es, según leyes que son dadas por su propia razón. En esencia, la libertad equivale a la autonomía de la voluntad.
Kant define a un sujeto como autónomo cuando este se da a sí mismo sus propias leyes morales y es capaz de cumplirlas. La autonomía de la voluntad describe la circunstancia de que, cuando un sujeto se comporta moralmente, él mismo se da las leyes a las que se somete, pues dichas leyes tienen su origen en la naturaleza de su propia razón. En este sentido, hablamos, según Kant, de un individuo que ha salido de la minoría de edad, capaz de pensar por sí mismo.
La Libertad como Condición de la Moralidad
Desde la perspectiva de la razón práctica, y si queremos entender la experiencia moral, es imprescindible defender la existencia de la libertad. Si en sus acciones las personas estuvieran determinadas exclusivamente por causas naturales, es decir, si carecieran de libertad, no podríamos atribuirles responsabilidad, ni sería posible la conducta moral.
De este modo, la libertad es la condición de posibilidad de la moralidad, a la vez que la moralidad es lo que nos muestra o da noticia de la libertad. Es precisamente en este sentido en el que el ser humano se ve en la necesidad de plantearse la pregunta: «¿Qué debo hacer para que mi acción sea moralmente buena?» La respuesta se halla, según Kant, en la estricta aplicación del imperativo categórico.