Nietzsche: La Moral Vital y la Aceptación del Devenir
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La Moral Vital de Nietzsche: Más Allá de lo Tradicional
Friedrich Nietzsche no es un amoral, sino un inmoralista. Se opone a la moral tradicional, pero no carece de una ética propia. Su propuesta se basa en un criterio esencial: la verdadera moral y los auténticos valores son aquellos que mantienen una fidelidad a la vida, que respetan las tendencias primordiales, los instintos y la pasión. Esto contrasta con la moral tradicional (especialmente la moral cristiana), que él considera una moral del resentimiento, la abnegación y el rechazo de lo biológico, lo instintivo y lo natural de la existencia humana.
La moral sana, según Nietzsche, es aquella regida por el instinto de vida, que nos aleja de toda forma de existencia trascendente. Es, por tanto, la moral natural, la que afirma la sola existencia de esta vida y nos impulsa a vivirla de forma plena e intensa, sin trabas que la asfixien ni la encadenen a un falso mundo celestial por cuya consecución se sacrifique la vida terrenal.
En este contexto, Nietzsche introduce los conceptos de «moral de señores» y «moral de esclavos», que se identifican respectivamente con la moral sana y la moral contranatural.
La Inocencia del Devenir: Aceptación de la Realidad Cambiante
En opinión de Nietzsche, la filosofía tradicional siempre ha manifestado un rechazo hacia el devenir, es decir, al carácter cambiante y fluyente de las cosas. Esta corriente ha perseguido ilusoriamente el ideal de una realidad superior que poseyera características contrarias a las de nuestro mundo mutable. Para estos filósofos, el carácter fluyente de la realidad, el incesante cambio de las cosas y el devenir mismo, ha sido un elemento molesto que no encaja con las propiedades que, según ellos, debería tener la verdadera realidad: inmutabilidad, eternidad, universalidad, entre otras.
Frente a esta actitud de rechazo al devenir y de minusvaloración del mundo sensible, Nietzsche afirma la sola existencia del mundo del devenir y de las cosas. Considera que no existe más que este mundo, perpetuamente móvil y cambiante, sin que haya ninguna realidad superior a esta, ni ninguna meta o estado último que sea la culminación del devenir.
Solo un filósofo se salva de esta crítica: Heráclito, quien también reconoció, frente al Ser único, inmutable, imperecedero y eterno de Parménides, el continuo fluir de las cosas, la realidad como devenir y como cambio. De hecho, Heráclito afirmó que es imposible que «alguien se bañara dos veces en las aguas de un río».
Del mismo modo, a Nietzsche le parecen errados y falaces los intentos de encontrarle un sentido al devenir, una interpretación verdadera y exclusiva, o un modo único de valorar una realidad que, por esencia, es fluyente, cambiante, multiforme e inabarcable. Esta realidad no se parece en nada a esa supuesta "verdadera realidad" de la que desde siempre han hablado los metafísicos y creyentes.
Aceptar que el mundo es tal como se nos aparece y no como a la razón le gustaría que fuese, implica comprender la inocencia del devenir y la vanidad de las pretensiones humanas de hallar verdades y valores absolutos.