Problema del mal y la condición humana: teodicea, libertad y la ciudad de Dios
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El problema del mal
El problema del mal es un problema tradicional de la teología: su existencia pone en duda la bondad divina y su omnipotencia. Nos encontramos con dos posibilidades problemáticas:
- El mal lo ha creado Dios. Si lo ha creado Dios, Dios no es bondad infinita.
- El mal no lo crea Dios. Si no lo ha creado Dios, Dios no es omnipotente, pues hay otro poder en el mundo que lo crea.
Solución
La solución considera el mal como idea en sí: mal = ausencia de bien. Dios no es autor del mal, ni tampoco otro poder; el mal es el apartamiento de Dios. El mal es fruto de la libertad humana, de modo que se consigue explicar su existencia haciendo responsable al hombre y no a Dios.
Dios: ser absoluto
Dios es concebido como ser absoluto. Posee en sí las ratio (ideas) de las cosas creadas. No podríamos llegar a tener conocimiento seguro si no fuera por Dios. El mundo aparece ordenado y con leyes porque hay un ente inteligente que lo ordena: Dios.
Dios crea todo de la nada (no hay materia sin forma) — rechazo de la idea platónica de la chorá. En cuanto a la omnipotencia: la salvación depende de su voluntad. En cuanto a la omnisciencia: sabe de antemano quién se salvará. Pero yo soy libre — puedo realizar una buena acción para poder salvarme, y entonces Dios no lo sabría (por lo que no sería omnisciente). Además, no sería justo si él eligiera quién se salva.
Solución teológica
La solución propuesta es que Dios es exterior al mundo y contempla su creación desde fuera. El tiempo aparece con la creación.
El problema del hombre
Se divide al hombre en cuerpo (parte mortal) y alma (parte inmortal): es una posición dualista.
En cuanto a la naturaleza del alma: el traducianismo es la concepción de que el alma se hereda. Rechaza la idea platónica de la reencarnación.
Libre albedrío y pecado
Libre albedrío: facultad de la razón y de la voluntad para elegir entre el bien y el mal. La voluntad humana puede pecar: pecar es el mal uso del libre albedrío. La libertad, en cambio, se entiende como un estado de gracia.
La salvación no está totalmente en nuestras manos. Contra los pelagianos: no nos salvamos por nuestros méritos, sino por la gracia de Dios. Se salvan los elegidos gratuitamente por Dios, aquellos que más se asemejan a él.
La ciudad de Dios
La ciudad de Dios es la sociedad de los elegidos. Existen dos ciudades: los que aman a Dios y los que se aman a sí mismos. En el mundo están mezcladas, pero, posteriormente, unos gozarán con Dios y otros sufrirán con Satán.