El Juego en la Psicología: Perspectivas de Freud y Winnicott
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La Visión de Freud sobre el Juego
Según Freud, a lo largo de la infancia, ciertos deseos son reprimidos durante el proceso socializador. Los psicoanalistas consideran el juego como una de las maneras de dar salida a estos deseos reprimidos.
Freud vincula el comportamiento lúdico con el principio del placer, que representa la exigencia de las pulsiones de vida o tendencia compulsiva hacia el gozo, y el principio de muerte, que se contrapone a las pulsiones de vida y tiende a la reducción completa de las tensiones. Las pulsiones de muerte se caracterizan porque, por una parte, se dirigen hacia el interior y tienden a la autodestrucción y, por otra, se manifiestan hacia el exterior de forma agresiva. En este contexto, se observan experiencias repetitivas que habían sido desagradables o traumáticas.
Freud habla del juego como un proceso interno de naturaleza emocional. El juego es visto como un proceso análogo de realización de deseos insatisfechos y como una oportunidad de expresión de la sexualidad infantil.
Consideró el juego como un medio para expresar y satisfacer las necesidades. Por eso, lo vinculó a la expresión de los instintos, y en particular al instinto de placer. Pero el juego también puede cumplir la función de expresar los sentimientos reprimidos, las proyecciones del inconsciente y la realización de los deseos.
La Perspectiva de Winnicott sobre el Juego
Winnicott defiende que el juego se debe abordar como un tema por sí mismo, complementario del concepto de sublimación del instinto.
¿Dónde está el juego? Existe un rasgo especial que se distingue de las otras dos realidades (la psíquica o personal y el mundo real) y al que Winnicott llama experiencia cultural o juego. Esta tercera área o zona mental permite al niño entender las situaciones "como si" (mamá hace como si se fuera, pero no se va) y supone una zona que se encuentra fuera del niño, pero que no es el mundo real y exterior en el que vive.
En este lugar se originan los fenómenos transicionales que más tarde darán lugar al juego, de este al juego compartido y de él a las experiencias culturales. En este contexto surge el concepto de objeto transicional, que describe una tercera área de experiencia intermedia entre la pura subjetividad y la experiencia de relación con el otro. Por tanto, es algo interno y externo a la vez y, puesto que supone un proceso fundamental de encuentro con la realidad en la infancia, jugará un papel importante en la vida adulta.
La experiencia cultural supone un espacio potencial que existe entre el niño y el ambiente; lo mismo se puede decir en relación al juego, que siempre está en el límite entre lo subjetivo y lo objetivo. Este espacio potencial es un factor muy variable que varía entre individuos y que depende fundamentalmente de la confianza que establezca el niño con la madre. Sin embargo, las otras dos realidades (la psíquica o la personal y el mundo real) son más o menos constantes.