Panorama Histórico Europeo y Español a Mediados del Siglo XIX
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Este documento explora algunos de los eventos y procesos históricos más relevantes que tuvieron lugar en Europa y España a mediados del siglo XIX, un periodo marcado por conflictos, movimientos nacionalistas y cambios políticos significativos.
La Guerra de Crimea (1854-1856)
La Guerra de Crimea se desencadenó por las ambiciones expansionistas de Rusia en Oriente Próximo. El entonces Imperio Otomano declaró la guerra a Rusia. Este conflicto marcó el fin del espíritu del Congreso de Viena, evidenciando:
- El abandono de los principios de la Restauración y el auge del liberalismo y el nacionalismo.
- La ruptura de la amistad entre Rusia y Austria.
- La pérdida de hegemonía de Rusia en Europa.
- El aumento del protagonismo de Inglaterra y Francia en el escenario internacional.
- La integración del Imperio Otomano en el concierto europeo, aunque sujeto a la influencia de las potencias occidentales.
La Cuestión Italiana: Proyectos de Unificación
En Italia, el deseo de unidad nacional planteaba diversas estrategias y proyectos:
- Imponer una república democrática (impulsada por figuras como Giuseppe Mazzini y Giuseppe Garibaldi).
- Implantar una monarquía bajo la Casa de Saboya, liderada por Víctor Manuel II de Piamonte-Cerdeña (con el Conde de Cavour como figura clave).
Existieron varios proyectos específicos:
- El Papa Pío IX propuso crear una federación de estados en torno a los Estados Pontificios.
- Víctor Manuel II buscaba la unificación bajo una monarquía constitucional.
- Garibaldi defendía la creación de una república unificada.
Aunque coexistieron diferentes visiones, el proceso de unificación culminó finalmente bajo la monarquía de Víctor Manuel II.
España a Mediados del Siglo XIX
Antes de la Guerra Franco-Prusiana (1870-1871), España vivía una situación compleja.
Los ecos de las revoluciones europeas de 1848 fueron débiles en España. El país experimentaba un constante retroceso tras la invasión napoleónica, la resistencia al liberalismo y la ruptura de los lazos coloniales. Esta situación la situaría, a finales del siglo XIX, tras la pérdida de Cuba en 1898, en la periferia de la dinámica internacional.
La búsqueda de un estado de matriz liberal, impulsada por un liberalismo emergente frente a las fuerzas tradicionales y la Iglesia, ya era parte del pasado. La unidad legislativa heredada de las Cortes de Cádiz de 1812 se confirmó en la Constitución de 1837 y se modificó hacia un moderantismo en 1845, que estableció cortes con sufragio censitario restrictivo. Las clases bajas eran marginadas por el régimen de Isabel II, lo que llevó a su expulsión mediante la Revolución Gloriosa de 1868. Esta revolución se apoyó, en parte, en los derechos y libertades reclamados durante el Bienio Progresista (1854-1856).
El Bienio Progresista (1854-1856)
Este periodo se inició tras una sublevación popular en 1854. El general Narváez había contribuido a la inestabilidad política. Hubo conspiraciones contra el gobierno, y el manifiesto de Manzanares, redactado por Cánovas del Castillo y firmado por O'Donnell, recogía reclamaciones progresistas como una nueva ley electoral, más autonomía y bajada de impuestos. La sublevación se extendió y Espartero fue nombrado presidente del gobierno, marcando el regreso del Partido Progresista al poder.
Durante el Bienio:
- O'Donnell formó un nuevo partido, la Unión Liberal, que ganó las elecciones.
- Se redactó una nueva Constitución (non nata, no llegó a promulgarse).
- Se impulsaron nuevos proyectos, como la expansión ferroviaria.
- Se aprobó la Ley de Desamortización de Madoz, que afectó a bienes de la Iglesia y, significativamente, a los bienes comunales de los municipios, que perdieron gran parte de sus propiedades.
El Sexenio Democrático y la Primera República (1868-1874)
Tras la Revolución Gloriosa, se inició un periodo de búsqueda de un nuevo régimen. Las Guerras Carlistas continuaron, apoyando a los sectores antiliberales que buscaban restaurar el orden tradicional y apoyar a la Iglesia.
En este contexto, se proclamó la República en 1873. Sus gobernantes buscaban el interés del pueblo, proponiendo una nueva constitución, la división de España en autonomías (federalismo) y la separación Iglesia-Estado.
Sin embargo, la República enfrentó graves problemas, como la resistencia de los "cantonales", que se sublevaron buscando una organización federal radical. Nicolás Salmerón, presidente del gobierno, logró reducir la mayoría de los cantones, pero dimitió al negarse a firmar penas de muerte.
Las Cortes eligieron a Emilio Castelar como presidente (el cuarto), quien impuso el orden sobre la libertad y se apoyó en el ejército para sofocar las revueltas. Finalmente, el general Serrano acabó con el último foco de resistencia cantonal y lideró un gobierno provisional, poniendo fin a la Primera República y preparando el camino para la Restauración Borbónica.