Ley Natural y Virtudes: Forjando la Conducta Humana con Razón y Hábito

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Ley Natural y Virtudes: Fundamentos de la Conducta Humana

Las inclinaciones o apetitos pertenecen a la ley natural en la medida en que son reguladas por la razón. Y ello nos remite a los conceptos de virtud y vicio. Veamos: los actos que llevamos a cabo crean rutas neuronales que nos preparan para realizar actos similares en el futuro.

En eso consisten los hábitos operativos, que son disposiciones estables para actuar de un modo o de otro que convierten nuestra conducta en algo parcialmente previsible.

Las virtudes son hábitos operativos y electivos buenos, que disponen a realizar actos convenientes a nuestra naturaleza, a obrar y a vivir de acuerdo con la razón. Los vicios son lo contrario.

Las virtudes morales perfeccionan la parte apetitiva del alma y consolidan la eficacia reguladora de la razón práctica en cada ser humano; los vicios merman y debilitan esa eficacia, tal como sucede de un modo radical en las conductas adictivas. Así, el a.3 sostiene que los actos virtuosos corresponden a la ley natural, no en cuanto a su especie natural, sino en cuanto a su carácter de virtuoso o vicioso. Y esto es obrar conforme a la virtud o realizar los fines de las virtudes.

Las inclinaciones son como semillas de la virtud porque invitan a la adquisición voluntaria del correspondiente hábito bueno. Hay, pues, una tercera inclinación de la naturaleza en la tabla anterior: a vivir virtuosamente o realizar los actos y fines debidos.

El adecuado desarrollo de esas inclinaciones supone discernimiento porque, aunque las metas u objetivos a los que tendemos son siempre bienes, a la larga resulta que algunos son bienes reales y otros solo aparentes. Los ejemplos de semejante confusión en nuestra conducta son legión.

Tomás llama concupiscencia a ese desorden en la raíz de nuestras inclinaciones y lo considera como un efecto del pecado original. Pero aunque nuestra naturaleza haya quedado herida o debilitada, ni siquiera el pecado le hace perder ninguno de sus atributos esenciales.

El virtuoso actúa bien y desea hacerlo así, desea lo que vale la pena desear y tiende a ello de un modo más fácil, suave y constante. No solo desea los bienes básicos citados antes, sino también los fines previos e intermedios que conducen a aquellos bienes básicos como una adecuada educación de la afectividad, entre otras.