La crítica de Nietzsche al ser estático en Crepúsculo de los ídolos

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La crítica de Nietzsche a la metafísica platónica

Este texto forma parte de la crítica que Nietzsche dirige contra la filosofía platónica en su obra de 1888, Crepúsculo de los ídolos. En concreto, estas líneas corresponden al primer parágrafo de «La “razón” en la filosofía», donde se describe lo que el autor entiende como primera idiosincrasia: “su odio al devenir”.

Con la expresión “idiosincrasia”, Nietzsche pretende descalificar a los filósofos tradicionales —a los que a veces también llama “platónicos” o “eléatas”— por afirmar la existencia de un ser inmutable, que es la verdadera realidad y que se opone a otros seres cambiantes que conforman una realidad aparente. Dos consecuencias se derivan de esta primera idiosincrasia: la invención del “ser estático” y el rechazo de los sentidos como fuente de error. La crítica de Nietzsche a la metafísica se ve expuesta claramente en el fragmento.

El concepto de "egipticismo" y la negación del devenir

Nietzsche utiliza una imagen metafórica para referirse a esta primera peculiaridad de los filósofos: la palabra “egipticismo”, que evidentemente es un neologismo acuñado por él. Con esta imagen quiere marcar la tendencia a la permanencia, a la intemporalidad y a la petrificación de la filosofía tradicional; es decir, su tendencia a negar el principal rasgo de la realidad: ser devenir. A lo largo del fragmento, nuestro autor juega con esta imagen y con otras asociadas a la civilización egipcia (“momia”) para subrayar el culto que profesan los filósofos al “ser estático”. Dos tesis están aquí en juego: los filósofos inventan el “ser estático” como consecuencia de su odio al devenir, pero, para Nietzsche, la realidad es devenir.

La momificación de lo real

Esta primera idiosincrasia explica, por otra parte, su presunción de otorgar una distinción a una cosa cuando eliminan su “historia”, o mejor dicho, su “devenir”. Nuestro autor emplea aquí la imagen de la “momia” para ilustrar ese oficio de los filósofos platónico-parmenídeos que consiste en embalsamar lo real desde la perspectiva de lo eterno. Para tal menester, los filósofos se valen de un peculiar utillaje: los conceptos, que Nietzsche no puede por menos que calificar de “momias” por convertir lo real en algo totalmente irreal desde la perspectiva de la vida.

La idolatría de los conceptos

La “razón” de los filósofos es aquí pura “idolatría”, adoración de los conceptos, tanto más peligrosa por cuanto no se presenta como tal. En el texto, Nietzsche hace un uso metafórico de esta expresión, aplicando su significado religioso a los conceptos supremos. Los filósofos adoran los conceptos forjados por la razón porque para ellos representan la realidad “verdadera”. Pero, para Nietzsche, estos conceptos supremos, estos “ídolos” de la razón, son pura apariencia que no designan nada realmente existente; son momias conceptuales. En efecto, los conceptos que han utilizado los filósofos para referirse a la “verdadera” realidad (única, eterna e inmutable) inventada por la razón, son conceptos huecos, vacíos, que no encierran nada vivo, nada real. Son como las momias.

El rechazo de los sentidos y el cuerpo

La última idea que queremos destacar se refiere al argumento que está implícito en el prejuicio de los filósofos acerca del ser estático y su consiguiente rechazo de los sentidos como fuente de error. Como el devenir y lo que este significa (“muerte”, “cambio”, “vejez”, “procreación”, “crecimiento”) no deja de constituir una seria objeción e incluso una refutación de su planteamiento metafísico fundamental, los filósofos concluyen que el devenir tiene que ser “aparente” —es decir, irreal— y el ser estático, la “verdadera” realidad. El resto del fragmento no es más que un desarrollo de la consecuencia epistemológica de tal argumento: el rechazo de los sentidos y del cuerpo por parte de los filósofos.